Siguiendo con el relato, lle­ga­mos a Da Li (nada que ver con Sal­va­dor), una her­mosa ciu­dad cons­truida en base al lago Erhai. Cuna de la etnia Bai, escin­dida de su vecina Naxi. 3 pagos majes­tuo­sas nos reci­ben, tene­mos que visitarlas!

Nos recoge en la esta­ción de auto­bús un poco agra­ciado taxista, pero nos gana mediante su humor can­to­nes (no esta­mos en el Can­tón, pero que mas da). Antes de dejar­nos en el “Jade Emu Hos­tel”, nos faci­lita su tar­jeta para que poda­mos lla­marle si nece­si­ta­mos trans­porte, algo común por estos lares. Vale la pena rese­ñar que su des­tar­ta­lado taxi nada tiene que ver con el fla­mante bólido rojo que apa­rece en su tarjeta.

Ah, el trá­fico en China.… auto­pis­tas de 5 carri­les con coches a 80 por hora, boci­na­zos por doquier avi­sando de cual­quier manio­bra extraña, ade­lan­ta­mien­tos en fila de 3 por carre­te­ras vecinales.

Da Li sigue casi el mismo patrón que Lijiang: Parte bonita llena de tien­das, parte no tan bonita llena de luga­re­ños cuyos reto­ños nos reci­ben a grito de “gui­ris”. Deci­di­mos optar por visi­tar la parte no tan bonita para des­cu­brir la auten­tica China. Da Li, como muchas otras ciu­da­des chi­nas, man­tiene el estilo de calles por gre­mios: así pues, pasa­mos por la calle de los car­pin­te­ros, por la de los meta­lúr­gi­cos y tam­bién por el barrio rojo, donde por las ren­di­jas ati­na­mos a divi­sar como dul­ces seño­ri­tas se afa­nan a maqui­llarse espe­rando a sus clientes.

Can­sa­dos de dar vuel­tas y de mez­clar­nos con turis­tas chi­nos, entra­mos guia­dos por rit­mos jamai­ca­nos a un bar. Nos reci­ben 3 ingle­ses medio ras­tas y un olor incon­fun­di­ble. En la barra, un chino tatuado y sin cami­seta parece que no rige. Los clien­tes son en su mayo­ría occi­den­ta­les bus­cando un rin­cón para rela­jarse debi­da­mente, con sus­tan­cias que en este país son MUY ile­ga­les. Un par de cuba­li­bres y moji­tos y damos el día por acabado.

El día siguiente ama­nece como siem­pre con el sufrido calor, lo cual hace que la visita al tem­plo de las 3 pago­das sea casi misión sui­cida. Se trata de una suce­sión de tem­plos que tien­den a infi­nito en una ladera: con­si­gues lle­gar a uno, lo atra­vie­sas, y ya divi­sas el siguiente en la cima de mas esca­le­ras. Cuanto la cuenta llega a 7, deci­di­mos dejarlo y empren­der el retorno a la civi­li­za­ción. Lla­ma­mos a nues­tro chó­fer par­ti­cu­lar para que nos de un tour por el lago. Una vez fina­li­zado, al hos­tal a reco­ger male­tas y enfi­lar hacia la esta­ción de auto­bu­ses donde un autobús-litera nos con­duce a Kum­ming, capi­tal del Yun­nan. La entrada en el auto­bús es apo­teó­sica, todos los pasa­je­ros (chi­nos, evi­den­te­mente) en sus res­pec­ti­vas lite­ras mirán­do­nos con cara de “Que hacen estos aquí”. Encon­tra­mos sitio en la ultima fila, y nos dis­po­ne­mos a ver una peli de fan­tas­mas chi­nos, que más se puede pedir. Lle­ga­mos a Kum­ming a eso de las 4 de la mañana, pero nos dejan que­dar­nos a dor­mir hasta las 8. El pano­rama al salir es cuanto menos, curioso, filas y filas de auto­bu­ses en una enorme a la vez que sór­dida esta­ción. Sali­mos como pode­mos, desa­yu­na­mos al estilo chino (fideos y ter­nera), nos come­mos una ansiada pizza, y nos damos un mere­cido home­naje: masaje de cuerpo entero (bueno, casi) ofre­cido por dos seño­ri­tas de 20 años. Solo puedo decir: A mi me tocó la guapa.

(Pro­ble­mas téc­ni­cos me impi­den publi­car fotos!)