La reden­ción dio­ge­né­sica empieza cuando bus­cas una camisa y encuen­tras flyers anti­guos, cajas y cajas de cd’s (vacías), la colec­ción de colo­nias que navi­dad tras navi­dad reci­bes en un alarde de ori­gi­na­li­dad, esa bolsa de cables que no con­du­cen a nin­guna parte, las revis­tas con todos los one hit band que cadu­can antes que la pasta fresca.

Al bueno de Dió­ge­nes de Sinope lo cono­ce­mos por dar nom­bre a ese tras­torno aus­pi­ciado por la tele­ba­sura en forma de lo que ellos lla­man “perio­dismo de inves­ti­ga­ción”. No me gus­ta­ria estar en su lugar.

La reden­ción dio­ge­né­sica con­ti­nua cuando el kip­pel supera al no-kippel. Cuando encuen­tras una caja con varias de tus pelí­cu­las pre­fe­ri­das en video, pero no dis­po­nes de un triste repro­duc­tor VHS. Cuando tie­nes un mismo con­te­nido en tres o más for­ma­tos dife­ren­tes. Cuando el numero de cami­se­tas de tipo “Etapa de deca­den­cia” pasa de 20.

Te dices: “algo falla en tu supuesta capa­ci­dad de orga­ni­za­ción, vaquero”. Acép­talo. Nunca te ha gus­tado el Kitano no gangs­te­ril. Nunca más te pon­drás esa suda­dera feti­che años ha del Pull&Bear, de hecho, todo lo que huela a Indi­tex te devuelve el sabor más amargo de tu último menú. Armand Basi, Spi­rit de Anto­nio Ban­de­ras, Adolfo Domin­guez, fras­cos con nom­bre y ape­lli­dos. Lo jodido viene cuando te das cuenta de que alguien que­rido desea que hue­las a Anto­nio Ban­de­ras.

Cuando estás cerca, todo cam­bia, es muy sen­ci­llo: Si no lo has tocado, mirado, usado en dos años, tíralo. Si al final te lo que­das, sólo uno de cada. Cam­bia cien­tos, miles de cd’s por dis­cos duros exter­nos. Siem­pre habrá alguien más freak que tu, Ebay o simi­la­res pue­den ser tus alia­dos para con­tra­rres­tar la pér­dida sen­ti­men­tal. Decide rápido y olvida en seguida. Recuerda que en estos tiem­pos de cri­sis, el metro cúbico va muy caro.

Y cuando pasa el tiempo, y ni te acuer­das del repaso mate­rial a tu vida, es cuando encuen­tras la camisa, y te redi­mes.